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domingo, 24 de septiembre de 2017

Publicación #1

Estaba en el trabajo. Sólo había sentido 2 temblores en mi vida, uno en el 2012 y otro las primeras semanas de septiembre 2017 con epicentro en Oaxaca/Chiapas.

El del 19 definitivamente fue el peor, ahora entiendo el susto que tiene toda mi familia cada vez que suena la alarma sísmica. Mis compañeros y yo salimos corriendo de la oficina hacia la explanada, desconcertados de la magnitud de lo sucedido, sin señal en nuestros teléfonos para hablar con familiares o enterarnos lo que decían las noticias y las redes sociales.

Después de media hora de incertidumbre, se empezaron a oír sirenas de ambulancias, bomberos y policías. Yo me fui de la oficina pasadas 2 o 3 horas del sismo, después del bombardeo de información de la situación, videos de edificios cayéndose y gente llorando por las calles; no podía creer que eso sucedía en mi ciudad.

Al llegar a mi casa me sentí aliviada, mi edificio y mis mascotas estaban a salvo. Pero en la esquina habían ya personas en la calle con sus pertenencias, había sido desalojada pues sus edificios se habían fracturado, quedaron inservibles. En la única tienda abierta la gente acababa con todo su inventario: agua, galletas, baterías. Te formabas 1 hora para pagar, había gente que compraba provisiones para seguir su trayecto a casa, otros compraban alimento y agua para quienes comenzaban la labor como brigadistas. Y otros, resignados, compraban un café y se sentaban en la banqueta viendo hacia su edificio inhabitable con las maletas a lado de ellos... la mente y el alma no están preparados para ver tanta desgracia.

Después de no dormir, al día siguiente fui al supermercado para comprar víveres para los brigadistas y afectados, llegar al centro de acopio que estaba a pocas cuadras de mi casa fue otra escena de película: decenas de brigadistas en las calles, ayudando, cargando cosas, poniéndose de acuerdo. Jóvenes llegaban al centro de acopio pidiendo cascos y herramientas para ayudar... mientras tanto la información seguía creciendo: más edificios caídos, más gente atrapada, más solicitudes de víveres.

En cuestión de horas hubo centenas de centros de acopio, motocicletas que pasaban con cajas de medicina, gente que llegaba en metro para ir a ayudar. Es impresionante lo que una comunidad puede lograr si une esfuerzos, qué sentimiento de orgullo, de amor, de esperanza.

Los días han pasado y la ayuda continúa. Los sentimientos son muchos,  el estrés post-traumático es una realidad que comenzamos a vivir muchos mexicanos: falta de apetito, insomnio, angustia... pero lo peor de todo: culpa. Lo que primero fue alivio después se convirtió en culpa: pensar que tú, tu familia y tus pertenencias están bien, mientras que a  unos cuantos metros hay gente atrapada bajo los escombros, o gente que ha perdido todo.

Mi historia es para alentarnos a nosotros mismos a tener fuerza, agradezcamos al universo que estamos vivos. Hay que permitirnos descansar, sabiendo que tenemos que estar bien primero nosotros para continuar apoyando a nuestros hermanos, pues la lucha será larga.